En las últimas semanas, los medios porteños cubrieron un fuerte debate sobre la posibilidad de que la Argentina alcance un acuerdo con China para establecer granjas de cerdos de exportación. Nuevamente se instaló la dicotomía desarrollo versus ambiente. Un debate que los catamarqueños conocemos muy de cerca por la cuestión minera. ¿Es posible conciliar ambas demandas?
Según informaron funcionarios de cancillería el proyecto porcino total representa una cuantiosa inversión del orden de los 3.500 millones de dólares, que permitirían generar 9.500 puestos de trabajo directos y hasta 42.000 empleos indirectos. Pero como suele suceder en la Argentina, la noticia que a priori haría saltar de alegría a cualquiera fue rechazada de plano por un variopinto colectivo que incluyó ambientalistas, veganos y partidos de izquierda. Los argumentos de estos grupos van desde la soberanía alimentaria y el maltrato animal hasta la posibilidad de producir nuevas pandemias. Lo que subyace, casi siempre, es una profunda crítica al modelo de desarrollo productivo de Argentina, considerado “extractivista”, “concentrado” y “desigual”. Algo que nos suena –y mucho– a los catamarqueños, cada vez que se habla de la posibilidad de encaminarse hacia un modelo minero intensivo y sostenido como puntal de desarrollo.
Esta dinámica de oposición entre desarrollo económico y preservación ambiental no sólo está muy presente en Catamarca y en Argentina (donde se depende mucho de los recursos naturales), también en todo el mundo, incluso en países muy desarrollados con altos estándares ambientales. No obstante, desde esta tribuna consideramos que cerdos y minas pueden contribuir a reducir notablemente la pobreza y la desigualdad en el país y la provincia. Eso sí: es fundamental una adecuada regulación estatal que controle -eficaz, implacable y sin amiguismos– los aspectos ambientales y sanitarios.
Del paradigma de los opuestos al paradigma de lo complementario
Como señala el sociólogo Daniel Schteingart, “el ambientalismo tiene mucho para aportar a subir la vara del debate sobre desarrollo sostenible”. Sin dudas, sus aportes fueron y son importantísimos para instalar en la agenda pública temáticas fundamentales como el cambio climático, la preservación del agua e incluso para presionar a las compañías a que inviertan en disminuir el impacto ambiental de sus actividades. Sin embargo, también abundan las posturas extremas que pretenden volver a cierto estado de primitivismo cuasi cavernícola y se oponen a todo lo tipo desarrollo material y económico. Sin embargo, y más allá del bienintencionado espíritu neohippie, también es de “insensibles” no aprovechar los recursos naturales en un país donde la pobreza compromete el presente y el futuro de todos.
En una coyuntura compleja, como la que experimenta nuestro país por el endeudamiento y la pandemia, y sobre todo por las cuestiones estructurales e históricas que arrastra nuestra provincia, es fundamental producir y exportar más. Para reducir la pobreza y la desigualdad, para generar más y mejor empleo y para insertarse de manera competitiva en en el mundo, los recursos naturales, en general, y los minerales, en particular, resultan importantes y estratégicos para nuestra provincia. Sobre todo, en un planeta que necesitará recuperarse después de una pandemia y apostar decididamente a la economía real y no a la especulación financiera.
Las exportaciones –como la carne de cerdo o los minerales– permiten el ingreso de dólares genuinos a nuestra economía, que resultan vitales para evitar lo que ya conocemos: endeudamiento, devaluación, inflación, empobrecimiento, desempleo y desigualdad. El cuidado ambiental es fundamental, no se discute. Pero las exportaciones también. Si queremos que nuestros salarios aumenten; apuntalar a nuestra industria nacional; generar valor agregado; producir más limpio y amigable con el medio ambiente; que el Estado recaude más y reinvierta en políticas sociales, educativas y culturales… necesitamos exportar más (aunque no resulte muy poético o no rime en una canción de León Gieco).
Como dice Schteingart, durante los años en que más se redujeron la pobreza y la desigualdad en Argentina y otros países de América Latina –esto es: en la “década de los commodities” (soja y minerales)–, el aumento de las exportaciones se constituyó como una condición necesaria para esa dinámica. En la región ese aumento tuvo como base la explotación de los recursos naturales. O sea: sin exportaciones no se hubiera producido nunca esta mejora social.
En la actualidad, la clave es pensar cómo podemos congeniar este aumento de las exportaciones con la transformación productiva y la minimización de los daños ambientales. Es decir: pasar del paradigma de los opuestos (desarrollo o medioambiente) al paradigma de los complementario (desarrollo con inclusión social y cuidado del medioambiente)
Los que ya lo superaron
Aunque parezca una quimera, hay países –como los escandinavos– que han logrado conciliar abundantes exportaciones de recursos naturales, con el desarrollo de sectores muy intensivos en conocimiento y creatividad, con una agenda ambiental de vanguardia y los mejores indicadores sociales del mundo: pobreza cero y desigualdad muy baja. Noruega, por ejemplo, es un país exportador de hidrocarburos desde la década de 1970, lo que le permitió pasar a ser el país más desarrollado del mundo, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Ellos lograron que el petróleo (que se extrae en el Mar del Norte) tenga una enorme base tecnológica local, apostando al desarrollo de proveedores locales (por ejemplo, plataformas para la extracción o buques petroleros) y con crecientes exigencias ambientales. Gracias a ello, pudieron fortalecer intensivamente el Estado de Bienestar que se estaba consolidando desde las décadas previas a los ’70.
Algo similar puede decirse de Finlandia, país que supo ser mayormente forestal y que luego fue desarrollando otros eslabones de la cadena de valor, primero exportando maquinaria forestal y luego utilizando las crecientes capacidades industriales para diversificarse hacia las telecomunicaciones, con la empresa Nokia como emblema. Caminos parecidos siguieron Dinamarca (pequeña potencia agroalimentaria, con los cerdos como actividad destacada), Países Bajos (otro país muy fuerte en la industria alimenticia), Canadá (país con mucha minería, forestal, agricultura o hidrocarburos), Australia (mayormente minería), Nueva Zelanda (alimentos) o el mismo Estados Unidos (alimentos, minería, o hidrocarburos no convencionales). En todos estos países, los recursos naturales fueron palancas fundamentales del desarrollo económico, y permitieron luego la diversificación hacia otras actividades productivas más sofisticadas.
Catamarca y el desafío de la minería
Más allá de las críticas y la experiencia que atravesó Catamarca desde el inicio del emprendimiento Bajo La Alumbrera, la minería sigue siendo la gran oportunidad de desarrollo y despegue para la provincia, porque como ninguna otra actividad es capaz de generar crecimiento y seguridad para pymes (compras, contratistas y proveedores); crear empleo seguro y de calidad; beneficiar a zonas inhóspitas, y ser una fuente importantísima de ingresos fiscales.
Sabemos que, al igual que toda actividad económica, la minería genera impacto ambiental. El desafío es que ese impacto no genere alteraciones –a corto, mediano y largo plazo– que puedan poner en riesgo la vida y salud de los seres humanos, la fauna y la flora. Para ello, es necesario un Estado activo y protagonista en su rol de contralor, garante y defensor de los derechos de las poblaciones adyacentes a los yacimientos. Es la única manera de neutralizar discursos falaces y malintencionados, que apuntan más a conservar el status quo –desigual, inequitativo e injusto– que a cuidar la naturaleza.
Todo proyecto productivo debe ser analizado integralmente, con información científica y argumentos sobre sus pros y sus contras. Como dice Daniel Schteingart, es fundamental hacernos preguntas como: “¿cuál es el impacto ambiental de esta actividad? ¿Qué podemos hacer para minimizar ese impacto? ¿Cuánto empleo es capaz de generar? ¿Desarrolla economías regionales o perpetúa las enormes asimetrías territoriales del país? ¿Ayuda a que exportemos más? ¿En qué medida? ¿Ayuda a que el Estado tenga más recursos fiscales para hacer programas sociales y de infraestructura? ¿Genera el desarrollo de actores locales, de modo tal que permita fomentar los conocimientos y la creatividad de nuestras empresas y de nuestros trabajadores?”
El desarrollo sustentable es un desafío que debe ser abordado de manera seria, pragmática y sin dogmatismos. Cerdos y minas pueden ser buenas oportunidades no solo desde una mirada económica, sino también desde un enfoque integral que contemple también el progreso social con perspectiva ambiental. Para ello, es fundamental –insistimos– un Estado presente en los procesos productivos, tributarios y en un sistema científico-tecnológico activo para que los riesgos ambientales sean los menores posibles, y para que las exportaciones contribuyan a que las y los catamarqueños vivamos mejor.
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